Pero también es una profesión tremendamente vulnerable a vaivenes que nos afectan y sobre los que no tenemos capacidad de decisión: licencias que se retrasan, proyectos que cambian constantemente, operaciones que dejan de ser viables, cobros lentos o ingresos puntuales.
Y esta realidad afecta tanto a una gran oficina de arquitectura como al pequeño despacho de mesa camilla.
Me atrevo a decir que el problema no es la falta de talento —los arquitectos tenemos mucho más talento que gran parte de la realidad construida—, sino depender de una única fuente de ingresos.
Tarde, pero a tiempo, he descubierto la enorme capacidad del arquitecto para aportar valor en muchas otras áreas del inmobiliario —además de servir a sus clientes—: invertir, transformar, operar negocios… y, con ello, generar nuevas fuentes de ingresos.
De ahí este atrevimiento en una pequeña localidad turística de la provincia de Alicante: la compra, rehabilitación, adecuación y puesta en funcionamiento de esta vivienda pareada como alojamiento turístico.
Para mí, todo sigue siendo arquitectura: diseño, experiencia, estrategia y creación de valor. Crear un espacio al mismo tiempo que construyo ingresos recurrentes que complementan a los puntuales. Todo conectado.
Cada vez pienso más que la verdadera libertad profesional no consiste en trabajar menos, sino en no depender de una única manera de ganar dinero.