Cuando la crisis de 2008 frenó en seco la arquitectura en España, como muchos otros compañeros, tuve que decidir qué hacer con mi vida profesional.
Podía esperar.
O podía moverme.
No sabía exactamente qué iba a encontrar, pero China en aquel momento vivía un proceso de desarrollo nunca antes visto: entre 2000 y 2011 más de 300 millones de personas se mudaron del campo a la ciudad.
La arquitectura se producía con una intensidad difícil de imaginar y con recursos mínimos: veinteañeros diseñando torres de veinte plantas en SketchUp.
Para alguien joven, con hambre de aprender, era imposible no sentir curiosidad por entender qué estaba pasando en ese país.
Hoy echo la vista atrás y pienso qué me aportaron esos años.
– 𝗨𝗻𝗮 𝗯𝘂𝗲𝗻𝗮 𝗹𝗶𝘀𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗮𝗺𝗶𝗴𝗼𝘀 𝘆 𝗰𝗼𝗻𝗼𝗰𝗶𝗱𝗼𝘀.
Al calor de una economía vibrante surgen personas con intereses diversos, muy enfocadas en sus objetivos, con las que tú también puedes crecer.
– 𝗔𝗽𝗿𝗲𝗻𝗱í 𝗮 𝗺𝗼𝘃𝗲𝗿𝗺𝗲 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗶𝗻𝗰𝗲𝗿𝘁𝗶𝗱𝘂𝗺𝗯𝗿𝗲.
Cuando un país está en construcción, rara vez sabes qué va a ocurrir en los próximos meses.
– 𝗔𝗽𝗿𝗲𝗻𝗱í 𝗮 𝗱𝗲𝗰𝗶𝗱𝗶𝗿 𝗰𝗼𝗻 𝗶𝗻𝗳𝗼𝗿𝗺𝗮𝗰𝗶ó𝗻 𝗶𝗻𝗰𝗼𝗺𝗽𝗹𝗲𝘁𝗮.
A confiar en la intuición cuando no hay tiempo para certezas.
– 𝗔𝗽𝗿𝗲𝗻𝗱í 𝗮 𝗻𝗼 𝗮𝗴𝗼𝘁𝗮𝗿 𝗳𝘂𝗲𝗿𝘇𝗮𝘀.
A observar, analizar los cambios constantes, la redefinición del encargo sobre la marcha, antes de trasladar decisiones a mi equipo.
– 𝗔𝗽𝗿𝗲𝗻𝗱í 𝗮 𝗿𝗲𝗹𝗮𝘁𝗶𝘃𝗶𝘇𝗮𝗿 𝗲𝗹 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗼𝗹.
Cuando intervienen tantos agentes en un proyecto, no puedes controlarlo todo. Tienes que centrarte en lo esencial.
Y, sobre todo, aprendí que las personas no somos tan diferentes. Es el contexto el que nos condiciona: nuestra personalidad, nuestros intereses, nuestra forma de hacer.